sábado, 16 de febrero de 2013

El Junco

Para los cubanos, sobre todo para el mundo beisbolero, el nombre de Palmar del Junco representa el lugar donde se desarrolló el primer juego oficial de pelota en nuestro país el 27 de diciembre de 1874, se considera el estadio de béisbol activo más antiguo del mundo lo que ha propiciado que algunos aboguen por convertirlo en el salón de la fama del béisbol cubano. Pero no voy a hablar de este Palmar del Junco...
En el municipio Remedios, Villa Clara, por la Línea Norte de ferrocarril, existe una localidad llamada El Junco, un lugar que por la cantidad de palmas reales también se ha ganado el mote de Palmar del Junco. A dos kilómetros del paradero del tren y de la carretera, en la finca de los Bergolla, fui concebido y pasé mi primer año de vida, entre frutales y cafetos, sintiendo el constante andar de un arroyo que por ese entonces tenía abundantes peces y pozas que disfrutaban los jóvenes en los fuertes veranos del trópico.
Mi abuelo materno, sin ser terrateniente, vivía “acomodado”, para el entorno circundante, con su familia; viviendo de la cosecha de arroz y cultivos varios, engordando puercos del palmiche que caía en la rivera del río y cultivando la caña para la por entonces primera (y digamos casi única) industria cubana.
Cuentan los más viejos que la casa estaba debajo de una gran mata de mangos “Señora” y alrededor de la casa otra buena cantidad de mangos, aguacates, mameyes(sapotes), cocoteros, naranjas, guayabas y quien sabe cuantas frutas más. Los muchachos por entonces (Mis tíos y después mis primos mayores) disfrutaban además la pomarrosa y los mameyes amarillos, casi a escondidas porque esas frutas los podrían “empachar”.
El agua no era tratada, ni venía por acueducto, de más está decirlo; el orgullo de la familia era el pozito natural del río, el que pude disfrutar de niño y joven, aún cuando ya quedaban pocos residentes en la arboleda de la familia. Cuando lo limpiaban trataban de secarlo pero nunca lograron, ni en el tiempo de mayor seca, que se detuviera el agua que emanaba tan cristalina y fría que aún envidio para disfrutar un buen vaso al levantarme.
No era mi familia de criar ganado mayor, solo caballos para el transporte, por tanto la leche o la compraban o tomaban de chiva; la carne igual, casi siempre, de ganado menor, aunque no faltaba en la tienda de Elpidio (Antes del triunfo de la Revolución), al igual que los dulces y caramelos para los muchachos.
No existía electricidad (Mucho lucharon para lograr, hace unos pocos años y “medio ilegal”, que llevaran electricidad hasta las pocas viviendas que quedan), pero no hacía falta, entre mechones y faroles chinos había juegos y cuentos de camino, también especulaban sobre “la mundial” y no de pelota, sino de bombas. Tanto calaron los comentarios y cuentos que mi madre quedó traumatizada y todavía hoy se asusta (¿quien no?) con las guerras, por distantes que sean. Sintieron bombardeos cuando el Batistato, mis tíos se fueron insertando en el ejército rebelde, uno en la columna de Camilo, uno en cuanto triunfó la Revolución, otro en la limpia del Escambray, solo uno quedó en casa con mi mamá y “los viejos” para cuidarlos y atender el campo. También se entretenían con la radio, canciones y radionovelas que no tienen nada que envidiar a las actuales.
Claro que lo maravilloso de la época, lo natural, también tenía sus inconvenientes, mis abuelos perdieron una niña ya de 6 años con la tosferina. Mi madre tuvo su primera muñeca “de verdad” a los 15 años, mientras tanto eran botellas con ropita hecha por ella misma y aunque ya había triunfado la Revolución no la dejaron estudiar más allá del 6to grado porque debía cuidar a los viejos y sus hermanos, su trabajo tendría que ser ama de casa para toda su vida y así ha sido hasta hoy.
Debían trasladarse a caballo y no se porqué me cuentan que a veces a pie, más de 9 Km para coger algo que los llevara unos 10 Km más allá, hasta el hospital más cercano. Aunque lo sé por los cuentos, cuando estuve enfermo que era muy a menudo, debían inventar la forma de llegar a la carretera, por eso tuvimos que emigrar hacia el pueblo (Ya hablaré en otro momento de qué clase de pueblo).
En mi infancia y juventud fui varias veces por la arboleda de la familia, por los años 80 recuerdo dos casas que aun quedaban de tío-abuelos, los mangos y aguacates daban sombra a un gran cafetal que como hasta mis 14 más o menos recogíamos en temporada, mi mamá y yo los fines de semana. Ya mayorcito el trabajo cambió y era la guataquea de arroz con mi padre la que me ocupaba las vacaciones de julio y agosto y algunos fines de semana en tiempo de clases, en las tierras aledañas a la arboleda. Almorzábamos un poco de arroz con alguna carne y recogíamos aguacates para merendar y acompañar las comidas, mangos igual para merendar, pero sobre todo bebíamos el agua fresca del pozito.
Cuando más pequeño llegaba desde el pueblo donde vivíamos, a unos 9 kilómetros, “a la zanca” en la bicicleta de mi papá, después de los 13 ya tenía mi propia bici que disfrutaba manejar y hasta echar competencias con mi hermano mayor por las guardarrayas y la carretera que ya comenzaba a mostrar baches que serían eternos.
Pero el tiempo ha pasado y el último de mis tíos que quedaba viviendo en El Junco, algo lejos ya de la arboleda, acaba de mudarse este fin de año al pueblo más cercano. Quedan dos o tres casas muy aisladas. Aún quedan mangos y sobrevive la pomarrosa y los mameyes amarillos, los aguacates sirven de mercancía al que los tumbe más verdes, algunas matas viejas que desgranan el café perdiéndose entre las hierbas que inundan el lugar. El pozo ya se confunde con el arroyuelo y la vegetación. Aún no se seca el río pero ya no existe ni una buena poza para bañarse y el ancho es tal que de un paso se cruza sin tocar el agua.
Aún pasa un tren por la zona, un día al este (Nuevitas, Camagüey) al otro hacia el oeste (Santa Clara). La carretera ya no existe, es un camino prácticamente intransitable y el marabú se ha apoderado de las orillas y lo que no es la orilla también.
Si un día alguien se atreve a ir, al bajar del tren le va a llamar la atención la única edificación de mampostería y placa (además de la caseta del paradero del tren), la antigua escuelita, que ya no tiene niños, hoy es bodega; y otra edificación también de mampostería con techo de zinc, la sala de video, donde algunos de los pocos habitantes se reúnen cada noche para ver televisión con la corriente, acumulada en paneles, del sol ardiente del campo cubano.

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